Por Aldo Lema, economista asesor de Noosa Capital

*Columna originalmente publicada en El País de Uruguay el lunes 8 de marzo de 2021

Un gran libro sobre la crisis global de 2008 es Fault Lines (“Grietas del sistema”) de Raghuram Rajan, ex presidente del Banco Central de India y ex Economista Jefe del Fondo Monetario Internacional. Además de describir sus causas más evidentes y las responsabilidades de varios actores, Rajan -que había advertido en 2005 el riesgo de un colapso financiero- fue más allá e hizo dos conjeturas sobre sus verdaderas raíces.

Primero, planteó que la causa última había estado en la reacción populista de los gobiernos de Estados Unidos -de Clinton y Bush- para abordar las desigualdades del ingreso, con boom de crédito a la clase media y los sectores de bajos ingresos, en vez de enfrentar debidamente los graves problemas de cobertura y calidad de la educación.

Segundo, insistió que el germen de una crisis suele estar en la (mala) solución de la anterior.

Si combinamos ambas hipótesis quizás podamos advertir, prevenir o atenuar la próxima. ¿Es el populismo el nuevo virus para el mundo? ¿El germen de la próxima crisis?

Obviamente que el populismo no es de derecha, ni de izquierda. Ni menos se limita a la forma de hacer política, habitualmente caracterizada por el caudillismo, el exclusivismo, el antipluralismo, el clientelismo y la centralización de poderes, como bien lo ha caracterizado Jan-Werner Müller.

En particular, en lo económico, el populismo suele expresarse en políticas orientadas a privilegiar los resultados económicos de corto plazo, “a cosechar” en vez “de sembrar”, a exacerbar los manejos discrecionales por sobre los institucionales y a desatender las restricciones presupuestarias intertemporales.

Últimamente se han intensificado globalmente algunas manifestaciones populistas que ya venían desde antes de la pandemia. Sobresalen los riesgos de mayor proteccionismo, ciertas orientaciones nacionalistas para las inversiones, el deterioro fiscal estructural, la asignación regresiva del gasto público en base a griteríos corporativistas, los planteos de usar la inflación como instrumento para resolver costosa e ineficientemente algunos problemas, y por supuesto, los renovados intentos de abordar las desigualdades con medidas ineficaces, cortoplacistas e incluso contraproducentes a la larga.

Mucho de eso no es nuevo y ha estado presente en crisis anteriores. Varias de esas expresiones se exacerbaron en “los locos años veinte” o en las malas respuestas a La Gran Depresión, para seguir con el paralelismo centenario. 

Es claro que las políticas proteccionistas no resuelven problemas de bajo crecimiento como suele ejemplificar Argentina, ni desequilibrios comerciales como Trump ha pretendido. Al contrario, hay teoría y evidencia contundente respecto a que tienden a agravarlos. Aunque largo, el camino para elevar el crecimiento potencial es mayor apertura e inserción externa.

El proteccionismo suele ir asociado al nacionalismo económico y eso no ha sido la excepción en el último tiempo. Transversalmente, en la izquierda y la derecha, desde voceros empresariales a sindicales, se reclaman políticas para privilegiar la inversión nacional, las compras estatales a proveedores locales y las restricciones a la inversión extranjera. La neutralidad debería ser el criterio predominante para evitar acumulación de ineficiencias y “buscadores de renta”.

En lo fiscal, es evidente que esta crisis requirió un mayor impulso como política contracíclica vía aumentos del déficit efectivo y de la deuda pública. Sin embargo, esto puede ser muy costoso si se convierte en permanente y no va acompañado de un programa creíble de consolidación fiscal. Ahí está el ejemplo de Argentina y Macri que sucumbieron ante el drástico giro de las condiciones externas.

Los populismos riman con corporativismos y estos también presionan en la dirección de proteccionismo, nacionalismo y sobre todo, mayor déficit y deuda pública, como ha argumentado recientemente el economista Pierre Yared. Apelando al supuesto interés general, varios grupos de la sociedad reclaman políticas (recursos) que no necesariamente respetan criterios de focalización y alta rentabilidad social, ni terminan en los más vulnerables y desprotegidos. La falta de prioridad en la primera infancia es un ejemplo de eso porque los niños no se movilizan, ni votan.

En cuanto a la inflación, reaparecen planteos para que sea el instrumento que termine licuando parte de los aumentos del gasto y el endeudamiento público, pese a su carácter también regresivo y altamente distorsivo.

Por último, en coincidencia con la conjetura de Rajan, existe la tentación de enfrentar la inexorable mayor desigualdad de ingresos que dejará la pandemia, actuando sobre los síntomas y no sobre las causas. Por supuesto que programas de fuerte apoyo a los más vulnerables no se pueden escatimar, pero la base de una mayor igualdad de oportunidades e ingresos está en un crecimiento alto y sostenido, con amplia cobertura y calidad educativa.

En fin, cuánto de esas malas políticas pondere en las solución de la crisis actual, no sólo definirá la prosperidad de largo plazo de los países, sino su futuro más cercano. Porque como dice Rajan, quizás se esté bienintencionadamente tratando de resolver esta crisis, pero sentando las bases de la próxima.

 

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